miércoles, 18 de febrero de 2009

El fragmento más triste y el más alegre

Como hoy no se me ocurre nada nuevo que contar (quizá porque no ha pasado nada...) he decidido narrar dos fragmentos de mi vida, el más triste y el más alegre.
Es curioso pero casi siempre que me han preguntado o he tenido que desarrollar este ejercicio, pienso invariablemente en el más triste. Es egoísta sólo recordar lo que nos ha hecho sufrir; esta vida es un mosaico y afortunadamente, ¡también se goza, mi hermano!
Así que, a lo nos truje Chenchos.

Fragmento 1. Fragmento feliz
Es difícil ubicar el más momento más feliz. Ha habido muchos como: cuando nos dijeron que mi mamá ya no tenía cáncer, o cuando me enteré que sí había entrado a la Universidad (a la carrera que yo quería)... Pero ahora que lo analizo, este fragmento feliz se ha integrado de muchos momentos simples a lo largo de mi vida.
Recuerdo por ejemplo, cuando mi papá llegaba de unos viajes larguísimos (como de un mes) y lo recogíamos en el aeropuerto. O cuando mi hermano, "El bello Margarito" (porque tengo un bello hermano), llegaba de cobrar su quincena y me llevaba a la tienda a comprar dulces. O cuando entre El Bello Margarito y yo, le caíamos encima a Piel Canela cuando jugábamos a la luchas...
Pues sí, los momentos más bellos se encuentran en mi niñez... ¡Que dicha!
Fragmento 2. Fragmento triste
Nunca me sentí más triste que cuando murió mi abuelo paterno. No porque lo quisiera más, o porque fuera mejor que los otros tres (de hecho los cuatro eran La Onda, increíbles, geniales, maravillosos...)
Me dolió mucho porque sentí (bueno ahora me doy cuenta) que no me dio tiempo de conocerlo. Él murió cuando yo tenía 13 años. Apenas tomaba conciencia de quien era mi abuelo, de platicar, de enterarme de su vida (porque siempre he sido bien chismosa), de empaparme de sus recuerdos. No pude. Cuando lo descubrí era demasiado tarde, se había ido.
Lo único que me quedó fue un recuerdo: una vez me platicó que le gustaba bailar fox trox y cuando fueron sus bodas de diamante, se escondió atrás de la televisión a comerse un pedazo gigante de pastel. (Era diabético)
El otro recuerdo triste, no es propiamente triste sino más bien con tintes de desesperación.
Fue cuando me dijo la oncóloga que mi mamá tenía cáncer del más peligroso. En ese momento sentí que el mundo se hacía demasiado grande y que yo era muy pequeña. Me sentí impotente por no poder hacer nada, por no poder arrancarle ese tumor con la manos. Sentí miedo.
Cuando miré a mi mamá estaba muy seria. Me vio a los ojos y supe que todo iba a estar bien.
Es la persona más valiente y a la que más admiro.
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Pero basta por hoy. Mañana habrá una entrada loca y salvaje, llena de emoción...


Comente!! Este blog es como los vasos con agua y los toques de mota: a nadie se le niegan.

1 comentario:

Paolo dijo...

Hace unos dias recordaba momentos felices en mi vida,la mayoria como sucede contigo,trascendieron tiempo atras en la infancia,vaya que es muy facil ser feliz cuando uno no conoce de azotes mentales y mucho menos de relaciones autodesructivas harto absorbentes!

Paolo.





(si...si me llamo asi,quieres ver mi credencial de filiacion al club de sobrinos del Tío Gamboin?)