jueves, 23 de septiembre de 2010

Oda sobre mi amor a la UNAM

Yo tengo una casa y esa casa se llama UNAM.

Ahí viví ocho años y aprendí cosas importantes, como que el Quijote de la Mancha es una obra de crítica social,  que holocausto es una palabra griega que significa todo quemado, sobre un señor que se apellidaba Pavlov e hizo experimentos con un perro. Los siguientes cuatro años, aprendí que las cabezas de una nota no llevan artículo porque les resta impacto, supe como se hace una nota informativa; me enseñaron epístemología y herméneutica, aprendí que Gabriel García Márquez sólo tiene un libro interesante y lo demás es mierda repetitiva.
Pero la UNAM no sólo me dio eso. Me enseñó que un maestro no lo sabe todo sólo por estar detrás de un escritorio. A rebelarme contra la mediocridad de profesores que venden sus calificaciones por una tinta para impresora. A demostrarme a mí misma que soy una profesional y no una tontita de ojos bonitos como me dijo una profesora alguna vez. A trabajar por mis objetivos; me enseñaron que debo encontrar mis propios recursos si quiero alcanzar mis metas. Que la palabra imposible no existe.
En sus salones también aprendí lo complejo de la palabra amistad; que existe una Areli, un Israel,  Sandra, Beto, Pifas, Adrián, Magdalena, Norma, Verónica, Sarahí, Pepe Toño, Nahúm y Jonathan que son personas maravillosas a las que amo y que están tatuadas en mí de por vida. Me enseñó lo profundo de la palabra amor con Alejandro. Que un café no sólo es eso si lo compartes. Que los cigarros son sagrados (sobre todo en los días de examen), que la chela (cerveza) no se desperdicia y que las horas libres son perfectas para ir al billar.
Gracias Universidad Nacional Autónoma de México. Porque viví años increíbles en la Prepa 9 y por hacerme una profesionista que ama su carrera en la Facultad de Estudios Superiores Aragón.

100 años de la UNAM y lo que le falta: máxima casa de estudios, mi alma máter y el amor de mi vida.