miércoles, 22 de septiembre de 2010

Una vez más: The Beatles y su cuchara

Diré la verdad y sólo la verdad. No le agarro sabor al Tumblr. 
El lunes abrí una cuenta porque tenía un poquito de tiempo y me causaba curiosidad, pero  a mi  parecer, el diseño, la forma de postear, todo me desespera. Esa cuenta la quería usar para publicar cosas como la que hoy les presento.
No es un escrito típico de este blog, más bien es un ejercicio literario en pos de retomar la escritura a mano (que hacía mucho no practicaba). 
Quedó un cuento que es sólo eso: un cuento con el que me divertí y calenté el cuaderno. Ojalá que pueda ofrecerles más de eso que nace en papel. El título está perversamente pirateado de una de mis canciones preferidas de The Beatles. Perdónenme por eso y, pues ya.
Hagan favor de ser felices.

Hello/Good bye

No decidí subirme al tren porque el cielo estaba amarillo. Tú te ibas, yo me quedaba.
Me dijiste adiós a través de la ventanilla, pero para mi, los rieles perfectamente separados por la grava, indicaban la perfecta angustia de una decisión fallida.
El cielo estaba amarillo y yo te seguía queriendo con la seguridad incierta de los gatos al caer del tejado.  El tejado era mío, lo dominaba, caminaba con paso lerdo e intranquilo. Y no me quise subir al tren porque paradójicamente tú estabas trepado diciendo adiós.
¿O era: vámonos?
¿O era quédate?
O era nada.

En la nada pensaba cuando recordé lo que elegantemente me dijiste en alemán la primera vez que nos besamos: “träumt mit mir” (sueña conmigo)  ¿Soñar? Si yo ni sueños tengo, menos contigo y menos en alemán.
Desperté y sólo vi tu imagen desde la barandilla diciendo adiós. Y vista desde fuera, yo era la sombra triste, parada en la estación antigua.
“Siempre he querido viajar en tren” te dije una tarde mientras llovía y jamás nos dimos cuenta. Me abrazaste como si fuéramos cómplices en el reto de estar al lado. Me sentí tan cerca que si hubieras dicho “ven” no me hubiera movido.
Y de verdad quise abrazarte, no miento. No quiero estrechar una figura invisible como había pronosticado la primera vez. Quiero hacerlo como el día que la ciudad se encendió y por un segundo, alcé la cabeza y el cielo se volvió amarillo.
Eso me trajo de vuelta, el cielo y el silbato puntual y agresivo. Otra vez estaba en la estación despidiéndote; los rieles perfectos te llevaban lejos.  Siempre he querido subir a uno.
¿Sientes mi angustia? Te grité mientras corría al lado del vagón negro con vivos rojos. Y el tren empezaba a moverse.
Quise que tu mano envolviera mi mano, como la tarde en que la mía estaba fría y la tuya era cálida.
¡Demonios! ¡En serio quería tu mano! Pero el brazo completo se fue contigo en el imaginario de mis ideas.
Y fue entonces que mi angustia encendió la estación solitaria por la que ya casi no pasaban trenes ni fantasmas. La estación ardía y tú te ibas; no había nada más.
Cuando el tren desapareció a lo lejos, comprendí que en realidad nunca tuve los sueños que me deseaste en alemán. Porque la primera vez te los regresé, la segunda y la tercera sólo me los prometiste.
Ya no recuerdo si el cielo era amarillo o café melancolía. Me da lo mismo, te fuiste sin una promesa y sin adiós. Justo como debías.
Voltee y ahí estabas pero tenías otra cara. El sol se prendía poco a poco y las llamas se apagaron en mi cabeza. Te vi sentado con las manos apoyadas en las piernas, viendo en lontananza. Te pregunté por el tren y no me contestaste.
El chico se paró, miró a la chica y le dijo: “Por aquí ya no pasan trenes, ven”
Caminaron en ninguna dirección; ella agitó su cabello azul y mal cortado mientras sonreía como si hubiera encontrado algo en esa otra cabeza desordenada y de pelo mal cortado. Tomó su mano y ella abrió los ojos sorprendida. La de Xaviera estaba helada y la de él estaba tibia, casi cálida.