lunes, 1 de noviembre de 2010

Todos mis muertos

Este año mi vida estuvo muy ligada a tratar de comprender mínimamente el proceso de transición (palabra que usamos con el tanatólogo para no decir muerte). La muerte no nos gusta, nos da miedo y saca a relucir nuestros peores demonios. Porque además de dejarnos solos, nos anuncia que algún día dependiendo de las causas o azares va a venir por nosotros, estemos preparados o no.
A mi  por ejemplo, me angustia mucho pensar que cuando muera, mi cadaver tendrá que ser enterrado o quemado. Siento que si me entierran me dará claustrofobia en ese ataud tan pequeñito y con tantas paletadas de tierra encima; entonces pienso en la cremación y me da otro terror.
Mi hermana, que es muy docta en estos temas ya que su tesis es un reportaje sobre el día de muertos y todo lo que le rodea, dice que "según" el alma tarda en salir del cuerpo siete años, entonces cuando creman un cuerpo, la persona todavía lo siente y sufre. (Y si alguien lo relaciona, son siete años mínimo lo que hay que esperar  para exhumar un cuerpo, ahora que ya no existen las perpetuidades en los panteones).

Me da miedo pensar en ello a pesar de que creo que le hemos perdido un poco el respeto a la muerte.

Yo recuerdo a mi muertos con mucho amor.
De cierta forma, fueron sucesos relativamente fáciles de asimilar. Mis abuelos murieron pasados los 80 años, mis tíos por fin pudieron descansar de enfermedades largas y penosas. Quizá las únicas que no entiendo, son las de mis primos y un par de compañeros de escuela que fueron buenos amigos. Personas muy jóvenes que tenían todo el mundo por delante.
A mis cuatro abuelos los conocí y quise muchísimo. De ellos quizá la relación que más puedo rescatar (porque con ella conviví mucho más) fue mi abuela materna, la gran Leonarda por la que tuve un amor y veneración ciega. Ha sido mi modelo de mujer adulta; un poco de como soy ahora se lo debo a ella.
Este año, nuestra ofrenda tiene una vela más. Mi tío Eduardo ahora acompaña a sus papás Merced y Leonarda; y a la familia política: Félix, Guadalupe, Margarita y Bertha. Me gustaría ponerle un plato de migas que tanto le gustaban y unos cigarros porque fumaba mucho. A mi abuelo Félix, unos chocolates o cualquier cosa dulce porque era diabético y amaba el azúcar (como cuando fueron sus bodas de diamante y estaba escondido atrás de la tele comiendo pastel. O cuando murió, encontré dulces escondidos por todos lados). A doña Leonarda un helado, a  mi abuelo Merced unas patitas de pollo; a mi tía Mague unos cosméticos (porque preferiría estar muy arreglada antes que comer). A mi abuelita Lupita, carnita con chile y frijoles como la que preparaba y a mi tía Bertha, cacahuates y libros de biología.
Sigo pensando en cómo quisiera ser despedida o qué me gustaría que hicieran con mi cuerpo. Me gustaría más estar en una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. O que me enterraran con dulces y no piedras. Quizá y con suerte me levantaria de nuevo a vivir.


Lupita (1997)  y Félix (1998)


Merced (1994)
 
La Gran Leonarda (2003)

Margarita "Mague" (2002) y Bertha (1986)
Eduardo, "Lalo" (2010)

Qué costumbre tan salvaje. Jaime Sabines


Mátenme porque me muero. Caifanes