domingo, 20 de marzo de 2011

El precio de olvidar la historia personal

Hace poco tiempo empecé a leer "Camino a Ixtlán", un libro de Carlos Castaneda. Con pena debo admitir que no he podido concluirlo, uno por falta de tiempo y dos porque todavía no termino de digerir la primera mitad. 
No podría hacer una sinopsis porque es una lectura muy compleja. A grandes rasgos, se trata de un hombre (Carlos Castaneda) en el camino a volverse un cazador y un guerrero con la ayuda de Don Juan, un indio yaqui que es una especie de Yoda moderno, que lo lleva por el camino a la claridad y la sabiduría. O algo así.
La cosa es que una de las primeras lecciones de Don Juan, consiste en olvidar la historia personal; olvidar a las personas que han conformado el historial de vida, porque ellas tienen una idea anclada de nuestra personalidad. Si las hacemos desaparecer de nuestras vidas, simplemente nadie tendrá una idea clara de quienes somos y esto nos hará crecer.
Cuando leí esto, tuve un pensamiento similar al del propio Carlos (le pareció imposible porque estaba demasiado anclado a sus recuerdos), hasta que me di cuenta de algo. De alguna u otra forma, yo siempre acabo borrando mi historia personal.
Y no es algo que me enorgullezca.
Puedo decir a mi favor que simplemente son cosas que suceden. O que las personas que quedan luego de brincar a la siguiente etapa, son las que de verdad me han dejado algo importante que quiera conservar. La cosa es que nunca es mi intención hacerlo, simplemente un día les pierdo la pista y sigo otra mariposa olvidando lo que estaba haciendo antes.
No sé de qué tanto ha servido. A veces me ataca la nostalgia (como hoy) y pienso en toda la gente a la que he metido en el cajón de los recuerdos. Qué será de sus vidas, o cómo la pasarán ahora, como a mis amigas de la preparatoria Magda y Norma, que casi hicimos un juramento de escupitajo o con los chivos tizos, con los que igualmente teníamos un pacto de nunca tener más amigos que nosotros (o como decía PP, podíamos, pero no los íbamos a querer tanto). 
Yo todavía los quiero. De repente veo que Nahúm (mi eterno amor imposible de aquellos años) postea fotos, o pone videos y yo los veo con cariño y nostalgia porque me  gustaría estar más enterada de su vida. O me doy cuenta que el papá de Adrián está muy mal y realmente me preocupo, o hago el intento de ir a abrazar a Jonathan y saber qué hace ahora, pero algo sale mal. Termino con puras buenas intenciones y con la frustración de que no hice lo que debería o lo que quería.
Y por fin, ¿me ha servido, según Don Juan? No. Sigo mi vida, es cierto, pero nadie sabe a ciencia cierta quién soy, cuál es mi personalidad. El halo de misterio del que hablaba para mi no tiene sentido porque soy una persona apegada a los sentimientos que tengo por las personas que me importan pero de repente mi valemadrismo llega a niveles insospechados y lastimo a las personas que amo. Creo que eso me lo dijeron el miércoles, pero no estoy segura (y tampoco quiero preguntar). Pero no me azoto, creo que todos lastimamos a las personas que queremos de alguna u otra forma porque nuestra torpeza no nos da para más.
Ya me puse triste. 
En resumen porque tiene cuatro meses que no veo a Areli, mi mejor amiga. Hace un año no platico con mi Isra, hace dos años no tomo un café con Sandra. 
A todos los que he nombrado les pido una disculpa. Pero ustedes saben dos verdades: que soy pésima con esto y que los amo.

1 comentario:

Rafael Garza Cantú dijo...

¿Pero cual es el precio? En realidad no has olvidado nada.