lunes, 21 de marzo de 2011

Historia de una canción: Twilight Galaxy

Desde que me di cuenta de la  predilección que tengo por la música, inconcientemente ligo canciones con personas. Es algo que me gusta porque cuando las oigo, llega una avalancha de recuerdos a mi, como si esa canción agrupara todo el paquete de remembranzas que me atan a esa persona.
Hoy solo tengo una qué contar.
Todo empezó cuando posteó Twilight Galaxy de Metric en su blog. Bueno, no, supongo que fue antes.
A pesar de ser una amistad compuesta por un sinfín de mal entendidos y como lo llama él, "pérdida de control", hemos sabido construir de algo que empezó raro, evolucionó raro y sigue sabiendo raro, una amistad relativamente sólida. A veces me pregunto por qué lo quiero tanto, y supongo que él tiene razón: saca a relucir en mí, esa parte masoquista que no quiero admitir. Porque a veces puede ser un ojete de grandes dimensiones pero de repente hace algo especial que hace que lo quiera (como el día que me llevó al concierto de los Pixies, jamás olvidaré ese gesto).
O a veces yo soy una gran ojete, pero mi ojetés parte de que (es en serio) yo crea que él no tiene sentimientos o alguna capacidad para sentir algo. A veces creo que en realidad me soporta por una razón que no alcanzo a comprender, otras creo que sí me aprecia y por eso terminamos buscándonos y peleando como niños, él jalando mi cabello y yo poniéndole el pie.
Y bueno así fue como di con Twilight Galaxy, un día en el que llegué a la conclusión de que él no tenía soundtrack en mi vida. Y existen mil razones para que específicamente sea esa canción: uno porque es su grupo favorito, dos porque amo esa canción y sé que también le gusta. Tres, porque sin querer, creo que la letra identifica parte importante de lo que siento por él y en general de nuestra situación, como en la parte que dice:
Did they tell you, you should grow up
When you wanted to dream
Did they warn you, better shape up
If you want to succeed
I don't know about you, who are they talking to?
They aren't talking to me

O esta parte, mi favorita. Es la que quiero que siempre tenga presente:
I'm alright, c'mon baby

I've seen all the demons that you've got.
If you're not alright, now c'mon baby
I'll pick you up and take you where you want
Anywhere you want
Anywhere you want
Anywhere you want
Anything you want

Estoy segura de que cuando lea esto dirá que soy una emo, que me la vivo emo, que soy una sensible de porquería o algo así. Bueh, solo quería que lo supiera

domingo, 20 de marzo de 2011

El precio de olvidar la historia personal

Hace poco tiempo empecé a leer "Camino a Ixtlán", un libro de Carlos Castaneda. Con pena debo admitir que no he podido concluirlo, uno por falta de tiempo y dos porque todavía no termino de digerir la primera mitad. 
No podría hacer una sinopsis porque es una lectura muy compleja. A grandes rasgos, se trata de un hombre (Carlos Castaneda) en el camino a volverse un cazador y un guerrero con la ayuda de Don Juan, un indio yaqui que es una especie de Yoda moderno, que lo lleva por el camino a la claridad y la sabiduría. O algo así.
La cosa es que una de las primeras lecciones de Don Juan, consiste en olvidar la historia personal; olvidar a las personas que han conformado el historial de vida, porque ellas tienen una idea anclada de nuestra personalidad. Si las hacemos desaparecer de nuestras vidas, simplemente nadie tendrá una idea clara de quienes somos y esto nos hará crecer.
Cuando leí esto, tuve un pensamiento similar al del propio Carlos (le pareció imposible porque estaba demasiado anclado a sus recuerdos), hasta que me di cuenta de algo. De alguna u otra forma, yo siempre acabo borrando mi historia personal.
Y no es algo que me enorgullezca.
Puedo decir a mi favor que simplemente son cosas que suceden. O que las personas que quedan luego de brincar a la siguiente etapa, son las que de verdad me han dejado algo importante que quiera conservar. La cosa es que nunca es mi intención hacerlo, simplemente un día les pierdo la pista y sigo otra mariposa olvidando lo que estaba haciendo antes.
No sé de qué tanto ha servido. A veces me ataca la nostalgia (como hoy) y pienso en toda la gente a la que he metido en el cajón de los recuerdos. Qué será de sus vidas, o cómo la pasarán ahora, como a mis amigas de la preparatoria Magda y Norma, que casi hicimos un juramento de escupitajo o con los chivos tizos, con los que igualmente teníamos un pacto de nunca tener más amigos que nosotros (o como decía PP, podíamos, pero no los íbamos a querer tanto). 
Yo todavía los quiero. De repente veo que Nahúm (mi eterno amor imposible de aquellos años) postea fotos, o pone videos y yo los veo con cariño y nostalgia porque me  gustaría estar más enterada de su vida. O me doy cuenta que el papá de Adrián está muy mal y realmente me preocupo, o hago el intento de ir a abrazar a Jonathan y saber qué hace ahora, pero algo sale mal. Termino con puras buenas intenciones y con la frustración de que no hice lo que debería o lo que quería.
Y por fin, ¿me ha servido, según Don Juan? No. Sigo mi vida, es cierto, pero nadie sabe a ciencia cierta quién soy, cuál es mi personalidad. El halo de misterio del que hablaba para mi no tiene sentido porque soy una persona apegada a los sentimientos que tengo por las personas que me importan pero de repente mi valemadrismo llega a niveles insospechados y lastimo a las personas que amo. Creo que eso me lo dijeron el miércoles, pero no estoy segura (y tampoco quiero preguntar). Pero no me azoto, creo que todos lastimamos a las personas que queremos de alguna u otra forma porque nuestra torpeza no nos da para más.
Ya me puse triste. 
En resumen porque tiene cuatro meses que no veo a Areli, mi mejor amiga. Hace un año no platico con mi Isra, hace dos años no tomo un café con Sandra. 
A todos los que he nombrado les pido una disculpa. Pero ustedes saben dos verdades: que soy pésima con esto y que los amo.