martes, 21 de febrero de 2012

Los cerros siempre reverdecen (o casi)

Dedicado a  un rebelde sin causa

Resulta que hace un par de semanas, fue el cumpleaños de la abuela de mi cuñada, la señora Vicenta. Esto no vendría al caso si no dijera que festejó sus 100 primaveras. Y esto no sería tan genial si no dijera que bailó las mañanitas y está planeando su próximo cumpleaños.

¿ah verdad?
Con la partida de mi mamá, he reflexionado mucho más que antes, sobre qué hago con mi vida. Digamos que en general estoy satisfecha, pero definitivamente hay cosas en las que quisiera haber actuado diferente, o en las que siento que existen deficiencias, como que me estreso mucho y por cualquier cosa, o quisiera divertirme un poco más, o estudiar, o leer más, o ir más al cine y me olvido de las cosas que quiero hacer por el trabajo. Me recuerda a algo que va muy de la mano con este post.

Y con eso, regreso al tema de la abuela Vicenta. Vivir 100 años y además tener energía para bromear, lucidez para acordarse de cosas (no de todas pero más o menos), tener proyecto festejar el próximo año su cumpleaños, me parece que es una lección.¿Cuántos de nosotros no somos capaces de disfrutar una comida porque engorda, o no nos vayamos muy lejos, de ver todos los días el mundo con nuevos ojos?
Lo que me lleva a mi tío Ramón.
El hermano de mi papá es de las personas más sorprendentes del mundo. Para fines prácticos de esta narración, diré que tiene más de 70 años y es de las personas más activas que conozco. Mi tío Ramón emprendió un viaje de mochilazo cuando tenía más de 65 y ahora mismo se encuentra dando la vuelta igual de mochilazo (ahí, leve) en Sudamérica. 
Lo quiero mucho porque siempre me ha parecido que es un sabio, cínico de la vida y lobo estepario. Pero más que eso, no se cansa de buscar nuevas posibilidades mirando el mundo con ojos de niño sorprendido. Vive y vive bien, a pesar de tener diabetes, lo que por ningún motivo le impide seguir con la loca empresa de seguir explorando todas las posibilidades, a pesar de lo que diga la gente. 
Es un rebelde con causa. Escritor, explorador y  loco que vive como quiere y como le conviene.
En él no se ha apagado la estrella hacia la que puso la proa visionaria (en palabras de José Ingeniero); no se ha muerto su espíritu, no se ha salvado, ni se ha quedado inmóvil al borde del camino, como diría Mario Benedetti. 
Eso es vivir, chinga.

Había pensado en que, cuando tuviera esa edad, me gustaría ser como mi tío Ramón o como la abuela Vicenta.

Pero, luego me sentí como una tonta y pensé:

 ¿Para qué esperar tanto?



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