lunes, 5 de marzo de 2012

Viaje al fondo de Oaxaca: De la vida nocturna y esas cosas (parte 1)

Hace casi un año, mi mejor amiga Areli migró de Guadalajara a Oaxaca para vivir. Primero llegó como simple turista, para visitar al tipo con el que se ligó emocionalmente una noche de noviembre y desembocó en una relación vía messenger, mensaje de texto y llamadas interrumpidas cada 5 minutos para que no les costara.
Luego decidió que temporalmente sería su lugar de residencia para vivir con el susodicho, la historia de la princesa que busca el amor. Al parecer lo consiguió ya que lleva un año viviendo entre la gente candorosa, hospitalaria y desinhibida de Oaxaca de Juárez.
Y con esta historia de amor, inicia la crónica de mi viaje a esta tierra de tantas aristas y folclor.

El viaje inició el viernes en la mañana al salir de la Tapo. No me emociona la idea de viajar 6 horas en autobús pero el avión cuesta ligeramente (500 pesos) más caro. Con sandwich, galleta y agua en mano (porque ni cacahuatitos rancios te dan en el ADO) atravesé el DF, y Puebla para llegar.
Debo decir que siempre que pienso en Oaxaca, en mi mente se forma una nube de misticismo (pero en oscuro) como los compases densos de La llorona, la voz  fuerte de Lila Downs, el baile misterioso y cadencioso de La Sandunga o las mujeres zapotecas, con sus miradas fuertes.
Y creo que no estaba tan equivocada, pero a mi percepción le faltaba color. El color de las mujeres del Istmo que andan por el rumbo del centro con sus trajes coloridos, o las triquis en sus túnicas rojas, los puestos de artesanías, el olor a chocolate y la gente desinhibida.
El primer día conocí el centro.

Caminamos desde lo que podrían ser las faldas del cerro del Fortín (donde se hacen los lunes de cerro para la Guelaguetza) hasta la Catedral. Se oye como un trayecto largo pero, no.
Se atraviesa lo que podría ser la calle de las novias (donde están las casas con vestidos de ídem, como en la lagunilla), se pasa al lado de uno de los mercados, los puestos de nieves, la iglesia de la Soledad, el templo de San Felipe Neri (donde se casó el mayor detractor de la iglesia católica en México, el benemérito Don Benito Juárez) y voilá, llegamos.
Ahí mismo está la Alameda con el quiosco y los músicos tocando, y más allá, el mercado Benito Juárez. (pero de eso quiero hablar después).
La primera parada fue en la Casa del Mezcal.
He de confesar que el mezcal no es precisamente de mi agrado. Siempre he dicho que prefiero la cerveza y el vino antes que cualquier otra bebida alcohólica. Pero ir a Oaxaca y no tomar mezcal, pues hasta para mi es inmoral.
Así que entramos y me topé con un local bastante oscuro, a la mitad de su capacidad porque eran las 6 de la tarde. Aún así la asistencia estaba bastante animada, entre turistas y locales que decidieron embriagarse temprano.
La carta era una muy seductora invitación a ahogarse de borracho. En ese lugar (al menos) los mezcales, la cerveza y los aretes de perla están regalados. Por un mezcal de gusano (el menos pegador) 20 pesitos, y la cerveza andaba por los mismos precios. Deduje que con 200 pesos al menos yo, saldría hasta con nombre diferente.
No salimos arrastrando el abrigo (como diría mi mamá), pero sí con ganas de más fiesta. Luego de una parada técnica, llegamos a la catedral a esperar a Reynaldo y Laura, bailarín de danza contemporánea y diseñadora de modas, respectivamente, amigos de Areli con los que inmediatamente hice clic. Y luego del clic, pues nos echamos otros mezcales, por qué no.
Seguía siendo temprano para iniciar la fiesta, así el que nuevo lugar en el que aterrizamos (La mezcalera) tenía un ambiente menos ameno. Poca gente, música demasiado fuerte para un bar, para mi significa que es hora de emprender la huída. Pagamos y nos encaminamos hacía otro lugar.
(Según me dicen, así es la vida nocturna de Oaxaca, algo parecido a la visita de las siete casas, pero en lugar de salir de salir santificado, sales bien pedo).
Por cierto, si van y desean salir de rumba no olviden su credencial de elector, porque a pesar de que ya no nos cocemos al primer hervor, no la pidieron en todos lados. Es requisito indispensable para que los dejen entrar en cualquier lugar.
Al final no terminamos briagas. Yo traté de bailar bachata con Reynaldo pero fracasé totalmente porque digamos que él es bailarín profesional y yo fui rechazada de la audición del bailable de 5to de primaria.
Salimos de ahí y yo moría de cansancio como una anciana achacosa, así que nos retiramos con decencia a las 12:30 am.
En el camino tuvimos una interesante discusión sobre la palabra "culero", hombres franceses sensuales y las tostadas de salchicha oaxaqueña.

(¡Pero todavía no acaba! En la próxima entrega, su gentil y segura servidora llega al mercado y hace el ridículo, Areli pierde el celular y conocemos conocido embutido oaxaqueño).
No se lo pierdan

(y háganse fanses en facebook, cabrones)
Catedral de Oaxaca

Lo que es el quiosco

La casa del mezcal

Vista desde la casa de Aralé

El cerro del Fortín visto desde casa de Aralé

Y ya. Esperen más fotitos y más historia.

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